GONZALEZ, EL OSCURO
Que Horacio González -sociólogo, crítico literario, politólogo, director de la Biblioteca Nacional y "ainda mais"- es un escritor oscuro ¿quién puede dudarlo? ¿Quién puede asegurar que no necesita releer una, dos, tres veces algunos de los párrafos de sus extensos artículos para intentar penetrar en el significado correcto de los mismos? Tarea sin embargo infructuosa las más de las veces, hay que reconocerlo. Maestro en el uso de la elusión metafórica, de la ambigüedad, del ocultamiento deliberado, González se nos evade por todas las tangentes de su prosa, inclusive cuando ésta parece adoptar rasgos de cierta claridad estilística. Un ejemplo, este fragmento de su reciente comentario sobre el libro de Vargas Llosa "El sueño del celta" ("Página 12", 16-1-2011):
"Es ahí, ya convertido en un nacionalista radical, que (Roger Casement, protagonista de la novela) mostrará su veta fundante, una militancia alucinada en un momento histórico singular, a la que es llevado por haber asimilado la situación de opresión en el Congo y el Amazonas con el avasallamiento que ejerce Inglaterra sobre Irlanda. Casement era partidario de asociar la insurrección irlandesa de 1916 a las operaciones del ejército alemán contra Gran Bretaña. Son temas que difusamente arrastran, con algunos ecos sofocados, ciertos nombres argentinos. Allí están las obras de Scalabrini Ortiz, de los hermanos Irazusta, el nacionalismo antibritánico, desde luego, y la veta "irlandesa" de la política nacional, un Walsh, un Cooke, y por qué no el coqueteo "irlandés" que realiza el "probritánico" Borges en Tema del traidor y del héroe, al que sin duda Vargas Llosa rinde tributo".
¿Qué quiere decir González con "era partidario de asociar la insurrección irlandesa de 1916 a las operaciones del ejército alemán contra Gran Bretaña", práctica difusa que vincula enseguida a los nombres de Scalabrini Ortiz, los hermanos Irazusta y un supuesto nacionalismo exclusivamente "antibritánico"? ¿Con esa elusiva frase -asentada en el aquí ambiguo infinitivo "asociar"- González pretende atribuir simpatías nazis a Scalabrini por su militancia neutralista durante la segunda guerra mundial? (No hablamos de los Irazusta porque en ese caso la atribución -si ésta existe, con González nunca se sabe- puede resultar si no acertada por lo menos pertinente).
Lo cierto es que si de atribuir filonazismo a Scalabrini se tratara, González no hace más que repetir los infundios que la prensa amarilla de su época, con el vespertino "Crítica" a la cabeza, dejó caer sobre el autor de "La Manga" y que a esta altura la historiografía más seria, desde Galasso a Halperín Donghi, ha desestimado largamente. El mismo Scalabrini lo ha explicado con claridad nada gonzaleana:
"Yo creía que mi obra íntegramente dedicada a dilucidar los problemas argentinos a la que estoy dedicado con absoluta exclusión de toda idea de lucro o beneficio personal, me ponía a cubierto de tan viles suposiciones y que los diez años en que a partir del 6 de septiembre de 1930 luché por los ideales de la Unión Cívica Radical debían darme, por lo menos, ese poco de respeto que merecen los hombres generosos que saben jugarse por sus ideales, pero veo que en este mundo al revés en que estamos viviendo será necesario defenderse para no ser arrollado por la desvergüenza desbocada" (Carta al Director de "Crítica", 18 de junio de 1941).
¿Otros tiempos, otros hombres? ¿Otras maneras de expresar las mismas ideas? Enfrentados a los textos de González las preguntas acuden irremediablemente.
Y en tren de hacernos preguntas ésta no nos parece del todo descaminada: ¿acaso Horacio González se complace en su decir ambiguo porque no quiere ahuyentar a su clientela de Página 12 y otras publicaciones, alimentada en una doble vertiente de progresismo abstracto por un lado y nacionalismo popular por el otro? ¿Ese decir ambiguo es en el fondo un guiño cómplice, y por esencia equívoco, a los plurales lectores a los que se dirige? ¿La prosa de González se oscurece deliberadamente con el propósito de servir a dos señores? No lo sabemos ni queremos creerlo, pero si no ¿por qué esas comillas pudorosas envolviendo al adjetivo "probritánico" referido a Borges? ¿Por ventura duda González de la anglofilia entrañable y nunca desmentida del gran escritor? ¿Lo de probritánico va para los nac & pop y las comillas son una concesión dirigida a la progresía cosmopolita?
Que nos perdone el autor de "Retórica y Locura" -cuya presencia fundante (empleando un vocablo que le es caro) en la creación de "Carta Abierta" no podemos menos que encomiar- pero muchas veces leyendo, es decir, descifrando sus escritos, uno piensa que ha logrado superar a su admirado Martínez Estrada. Éste era capaz, en un mismo libro, de expresar una idea y pocas líneas más adelante aseverar todo lo contrario. González suele encerrar esa duplicidad en una línea, a veces en una sola palabra. Es decir, si es que no lo entendimos mal.
Juan Carlos Jara